Nos olvidamos de la lluvia

Nos olvidamos de la lluvia

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El modelo de atención a vulnerabilidades en época de lluvia caducó hace años. Pero no necesariamente por ser un modelo deficiente, sino por ser llevado a la práctica de una forma no profesional, y sobre todo por involucrar decisiones políticas y de intereses particulares antes de una decisión eminentemente técnica.
Ing. Enrique Batres
Miembro del Comité Sostenible de la Construcción

 

Desde hace muchos años vemos que los eventos naturales como sismos, erupciones volcánicas y otros nos afectan directa e indirectamente con periodos de recurrencia de pocos años (5, 10 o hasta 20 años en el caso de erupciones volcánicas severas) o de décadas, como en el caso de sismos de gran magnitud.

Pero seguimos sin prestarle la debida atención a un evento que todos los años sucede, y todos los años causa destrozos en infraestructura pública y privada, pero sobre todo causa perdida de vidas humanas: la época de lluvia. La época tradicional de lluvia en nuestro país abarca de 4-6 meses cada año, con intensidades que varían anualmente. Pero invariablemente de las tragedias humanas y la pérdida  económica que suceden, siempre terminamos al final de la época lluviosa lamentando las pérdidas que se provocaron.

¿Por qué? Las razones no son simples, ni fáciles de abordar. Pero siempre existe el mismo denominador común que se encuentra en diferentes ámbitos del país, sobre todo en la administración pública: una muy mala gestión.

Pensar que solo la parte técnica resolverá el problema no es suficiente. Guatemala cuenta con las capacidades técnicas necesarias, tanto en el ámbito público como privado, para dar soluciones al manejo correcto de agua en zonas urbanas y rurales, en carreteras, y cualquier otro sector del país. Pero el modelo de gestión para implementar medidas que reduzcan los riesgos ante el evento de lluvias es el mismo desde hace décadas, y los resultados son los mismos año tras año.

No necesitamos un Mitch o un Stan para ver el nivel de vulnerabilidad con que se encuentra toda nuestra infraestructura, sobre todo la estatal o la que depende de la gestión y administración pública, y que durante y después de las lluvias está buscando soluciones a emergencias que no cuentan con el presupuesto suficiente, además del mecanismo perverso de declaración de emergencia que permite una muy mala asignación de fondos para atender las necesidades provocadas por el evento.

El modelo caduco hace años. Pero no necesariamente por ser un modelo deficiente, sino por ser llevado a la práctica de una forma no profesional, y sobre todo por involucrar decisiones políticas y de intereses particulares antes de una decisión eminentemente técnica. A un problema técnico le tenemos que priorizar una solución técnica, con un uso de recursos monetarios adecuado. Solo así podemos adelantarnos a una emergencia reduciendo riesgos, además de tener preparada una mejor reacción post-evento.

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